Nunca me pensé, nunca me imaginé diciendo que no. Pero ese día llegó. Ya en el filo de la medianoche, dije: “NO”. No a salir con “Sra. X”. Nunca me imaginé diciéndole que no. Ni a ella, ni a ninguna mujer en particular. Por mi condición de hombre heterosexual, por lo mucho que me gustan las mujeres. Nunca me lo imaginé. Ni en el tiempo que ella y yo éramos la envidia de todos nuestros conocidos, y hasta de los “vecinos” del telo, ni hasta hace unos días, cuando pensé que me iba a volver a encontrar con ella. Pero pasó. ¿Por qué? Difícil dar una respuesta concreta. Es probable que un par de personas que me conocen bien, si leen esto, firmen y puedan explicarlo mejor que yo. Abriendo un poco más la cancha, los que leen con cierta frecuencia lo que escribo, sabrán leer entre líneas, y sabrán dilucidar un poco mejor el nombre de la persona. O por lo menos, el por qué del nombre que le doy acá.
Lucía me mira con los ojos grandes, bien abiertos, mientras cuento esto. Pero es así. Prefiero pasar esta noche recluido en “mi mundo”, haciendo “mis cosas”, que sentirme incómodo por una situación que me resulta incómoda. Por algún motivo, incómoda. Dije que “NO” a lo que estoy seguro sería una excelente noche de sexo interminable. Horas y horas de sexo. Y del bueno. Sin embargo… dije “NO”. En “mi mundo”, y con “mis reglas”, esta noche seré feliz. Una felicidad distinta a la que me da una sesión de cerca de 15 horas de sexo. Pero, a fin de cuentas, es felicidad. Y estoy aprendiendo que mi felicidad no tiene precio, ni se puede comprar.
Las firmas