De las noches con Virginia en un telo de Palermo

7 05 2008

Me desperté a las 6 de la mañana. El aire frío que entraba por la ventana abierta, desde el 5º piso de aquel telo con vista al Campo Argentino de Polo, no me dejaba dormir. Eran los primeros días de Octubre. Y el frío se negaba a irse.

Virginia dormía desnuda, abrazada a mí. En términos estéticos, fue lo más cercano a la definición de ángel que tuve la oportunidad de ver y poseer entre mis brazos hasta ahora. Virginia no tenía frío, pero sí una forma de dormir bastante desprolija. De a ratos se ponía a balbucear nombres y situaciones. Hasta que encontraba mi cuerpo al lado suyo. Ahí se calmaba y se volvía a dormir cuando la abrazaba. Una frase que balbuceó varias noches fue: “Negri… te juro que no sé cómo pasó. Fue algo de una sola noche. Me tenés creer. Creeme… por favor… Jamás haría nada para lastimarte. Me tenés que perdonar… ¡por favor!”.

El “negri” al que Virginia hacía referencia era Hernán. Hernán era, por aquel entonces, su futuro marido. Hernán se enteró de aquella supuesta “única” noche cuando el traicionero e inestable sueño de Virginia le jugó una mala pasada. Y entonces habló. Y así Hernán se enteró que existía Nicolás.

Lo que fue algo de una sola noche fue esa extraña posición que su compañera de trabajo le había sugerido, con el rótulo de “imperdible”.

La escena en ese telo de Palermo, sin dejar dormir a los vecinos de las torres aledañas, y despertando a los pájaros, se repitió varias veces más. Para ser exactos, todas las veces que su futuro marido se subía a un avión, Virginia y yo pintábamos un nuevo cuadro para agregar a la galería de arte de nuestra historia, empañando los vidrios de cada una de las suites del telo del 5º piso. Pero eso Hernán nunca lo supo.

Virginia no le mintió del todo. Ella nunca hizo nada para lastimarlo. El que sufrió una luxación de su hombro derecho al pegar contra esa mesita ratona fui yo, satisfaciéndola con esos deseos de posiciones dignas de practicar en un ambiente sin gravedad.

Pero todo esto Hernán nunca lo supo. Lo único que se enteró es que, una vez, existió “un Nicolás”. Todo esto, toda la historia completa la sabe su compañera de trabajo, que fue siempre su confidente en la vida, y su socia en la trampa; y ahora, cada uno de los que acaba de leer esto.


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