Mi jefe, el tutor del Führer

25 12 2008

 

Cuando Hitler nació tuvo un tutor. No sé durante cuánto tiempo lo habrá tenido, ni si los registros históricos habrán tomado noticia de su existencia. Pero existió. Cuando Adolfito se portaba mal, su tutor se quitaba el cinto y le pegaba con el derecho y el revés de su poderosa e improvisada arma de legítimo cuero danés.

Todo empezó cuando el futuro Führer tenía apenas 5 años y sus padres, sumergidos en la pobreza, no podían cuidarlo. Entonces optaron por darlo en custodia a una familia vecina, dueña de una fortuna incomparable entre aquellos que compartían el vecindario. La familia tenía un tutor, que era el encargado de la educación de los más pequeños de la familia, que eran adoptados a cambio de mano de obra barata. Cuando recibió a Adolf en sus filas, enseguida notó que el infante en cuestión era un rebelde. Un mocoso que haría lo que sea para escaparse de su nuevo hogar. Lo notó cuando uno de los chicos se robó una barra de chocolate de la heladera de los hijos biológicos de la familia (a la que, obviamente, los huerfanos tenían prohibido el acercamiento) y Adolf lo “vendió” cuando el tutor los tenía a ellos dos y a los otros cinco niños adoptados formando una perfecta fila, al mejor estilo militar.

Notó que desobedecía sus órdenes, y que hacía lo que le venía en gana en lugar de lo que le era encomendado. Entonces George, tal como apodaban al tutor, se quitaba el cinto, lo enrollaba en su puño, y con lo que quedaba suelto, le pegaba a Adolf descargando en la pobre criatura toda su comprobada impotencia sexual.

Unos 100 años después, comprobé que este resumen de la historia que les conté arriba fue cierto. Lo comprobé porque tengo pruebas fehacientes de que aquel tutor alemán era, ni más ni menos, mi jefe. Mi jefe comparte el nombre con este nefasto personaje. Comparte su nacionalidad, el corte de pelo fascista, sus costumbres del mismo origen, y último pero no menos importante: su edad. Sí, unos 125 años. Es un viejo hijo de puta. Muy muy hijo de puta. De esos que no te dan ternura. Que no te dan ganas de dejarlo subir al colectivo primero, o de esos que es imposible de imaginártelo llevando a sus nietos al colegio. Uno de esos personajes nefastos que se les escaparon a los Rusos y a los Ingleses de los búnker que los nazis tenían diseminados bajo Berlín y otras ciudades alemanas.

Por un lado, fue bueno encontrarme con un personaje así, porque ya estoy curado de espanto con estos seudo-protagonistas de la historia. Por el otro, fue algo terrible tener que convivir día a día con un personaje así. Que creía que seguía en “su” Alemania nacional-socialista. En su “paraíso”, aislado del mundo. Que creía que todos los que estábamos jerárquicamente debajo de él éramos sus nuevos adolfitos, a los que podía tratar con desprecio, a los que podía azotar con sus nuevos métodos de tortura. Una pobre rata de laboratorio que todavía cree que su Führer tuvo éxito.

 

 


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Un comentario

25 12 2008
Pau

Solo puedo decir….QUE NO SABES COMO ESPERABA ESTE CUENTO!!!

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