Cuando a veces veo en la calle, en un local, en cualquier lado… a una madre que no le tiene mucha paciencia a su hijo, me pongo a pensar por qué hay personas que tienen hijos si después los van a tratar así. Hacerlos es la parte más divertida. La cuestión está en hacerse cargo y cuidarlos después.
Hoy vi un claro ejemplo del párrafo anterior. En un Burguis, una madre se libra de la mismísima responsabilidad que conlleva ser madre: dos pequeños, una nena que no tendría más de 4 años y un niño de aproximadamente 6, correteaban por el local gritando sin parar. Entraban y salían del pelotero, poniéndose a hablar con otros chiquitos que estaban junto a ellos con una simpleza que merecería un post aparte, y que todos los grandes deberíamos envidiar. Ellos se presentan, van y vienen. Cada uno le cuenta con euforia a su madre que tiene un nuevo amiguito. Son dos las madres que veo. Una, responde con tono alegre al comentario de su hijo y le sigue la corriente, inclusive cuando el chico va y vuelve del pelotero. La otra madre, cuando el anteriormente presentado amiguito se transforma en presentador, levanta la vista del periódico que está leyendo, lo observa y vuelve a bajar la vista para seguir leyendo la sección de Espectáculos, restándole importancia con un ademán insignificante. Sigue leyendo, pone los pies arriba de la silla. Ahora tiene que leer la columna de chimentos.




Las firmas