Las fiestas son una época rara. Son esos momentos en que todo aquello que el resto del año parece imposible de ver se vuelve posible. ¿Será por eso que se hablan de “milagros navideños”? Es el momento en que un apostador novato podría perder hasta sus calzoncillos, o uno experto podría ganarse hasta la Luna misma. Es raro, pero suele ser así… por lo menos en la gente que conozco (son bienvenidos los comentarios al respecto). Es como si, en ese momento, fuese posible ver sentados en una mesa a judíos y palestinos. A Mr. Danger y al Sr. Laden (más allá de cuando se sentaban en la misma mesa a cerrar acuerdos petroleros).
Entre todas estas escenas tan bizarras (el que tenga dudas sobre la palabra “bizarro”, dese una vuelta por este link, que seguramente va a ser de su agrado: http://es.wikipedia.org/wiki/Falso_amigo ) como un Dogo con moño rosa en su cuello, encontramos lo que la mayoría de los jóvenes quieren evitar: que en la mesa navideña, te sienten al lado un viejo. No un abuelo porque, supuestamente, un nieto se lleva bien con sus abuelos. Un viejo cualquiera. Uno que “sobra” por ahí. Que, como nadie quiere “atenderlo” durante la cena, te lo ponen al lado como si de chicle se tratase, y que cumple tan bien con su marca pegajosa, que ni el mismo Maradona sería capaz de despegarse de él.
Entonces, ahí te empiezan a derrumbar la Noche Buena como si de una broma pesada se tratase. Te sientan al lado a una abuela que bordaba los uniformes Aliados en la Primera Guerra y que, todo bien con la abuela, pero ahora tiene más de una problema para pronunciar y decirte lo que le pasa, lo que piensa o, simplemente, qué carajo quiere que le alcances de todo lo que hay en la mesa. Entonces… mientras vos estás con un oído haciendo voluntariado y con el otro tratando de no perder el hilo de las otras 14 charlas que surgen simultáneamente, te ganan de mano y perdés la última rodaja de matambre que aquel tío lejano trajo. Rezongas. Seguís diciendo: “sí, abuela…” mientras ya te olvidaste lo que te dijo al comienzo de la oración (hace 15 minutos). Te perdés ese comentario de fútbol que tenés en tu cabeza desde que tu equipo salió campeón y que esperabas ansioso para refregárselo en la cara a tus primos. Seguís rezongando. Ya ponés cada vez más cara de culo porque te acordás que no compraste fuegos artificiales y eso significa que estás sin ninguna “tarea” en particular al momento del brindis.
Por lo tanto… ¿a qué no saben a quién le toca cuidar a la “abuela” a las 12, mientras todos festejan?




Este es el primero? Tengo más ganas de seguir leyendo, tus cuentos!
Besos y te quiero muchisimo