Los testigos del Apocalipsis

19 10 2009

Siempre, desde pequeño, me dijeron que había dos temas que tenía que tener mucho cuidado de con quién los hablaba, porque son propensos a terminar en discusión: política y religión. Siempre educado, me mantuve a raya de muchas discusiones que, en mi interior, me moría de ganas por integrar y debatir hasta el cansancio. Tiempo después, empecé a entender de qué me hablaban. Con tantos dioses, algunos terrenales, otros celestiales, tangibles, intangibles, que vuelan y que nadan, etc. Con la política, que algunos son buenos, otros malos, unos peronistas, otros radicales, que la izquierda y la derecha… y un sinfín de otras cuestiones que hacen casi imposible de charlar estos temas. Lejos de eso, no voy a poner en el tapete estos temas.

Últimamente, estamos recibiendo en el barrio la visita de diferentes cultos religiosos. Algunos más creíbles que otros; todos con la misma intención: reclutar nuevos fieles. Golpean, puerta tras puerta, los cerca de 400 hogares que conforman el barrio donde vivo. Las ventanas y puertas se cierran, una tras otra, precediendo el sermón apocalíptico que predican muchos de los reclutadores. “El mundo se termina”, predica uno. “Gánese su lugar en la próxima vida”, anuncia otro. Cómo son de insistentes. Es asombroso. Realmente pareciera que tienen su comisión según la cantidad de almas empobrecidas que recluten para su secta. Estoy convencido de que el que reclute 10 boludos, se gana su lugar después del desastre total. Insisten, una y otra vez. Semana tras semana. Ya los tengo calados. La primera vez, salí y desistí amablemente de su “tentadora” oferta de no morirme en el Apocalipsis y encontrar una nueva vida, en un planeta distante, lejano, desconocido hasta el día de hoy por el hombre. Desde esa vez, opto por quedarme adentro de casa, tranquilo. Disfrutando el anonimato que brindan las cortinas y persianas (¡alabado sea su inventor!).

Cada uno piensa lo que quiere. Y ya que hablamos de religión, Gracias a Dios, por más gobierno dictatorial que tengamos, nadie más que nosotros puede gobernar lo que pasa por nuestra mente. O, al menos, eso pensaba hasta que me crucé con estos personajes. Realmente, me cuesta creer cómo hay gente que puede estar tan encerrada en una misma postura, y querer convencer a tantos otros de que lo que ellos predican, es la verdad absoluta. Y que un final de sangre, desolación, muerte y abandono va a perseguir a todo aquel que no sucumba ante sus ideas apocalípticas.

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