Hay una chica a la que le da vueltas por la cabeza la idea de cómo sería salir conmigo. Sí, sí… vos. Esa que veo de vez en cuando, no porque yo no quiera sino porque vos te me ponés esquiva. Esa que me mira con sus ojitos chiquitos, y me sigue el paso con la charla hablándome rápido y sin pausa. Esa que me hace reír muchísimo. Esa que también me hace pensar muchísimo. Que me deja meditando. Que me reta y no me gusta que lo haga. Pero que, a la vez, me encanta verla enojada. Porque se me vuelve tan única como una huella dactilar. Vos, que cuando me retás, no te puedo contestar más que con un chiste, para cortar ese clima de tensión y sacarte esa sonrisa hermosa que tenés aunque no quieras por el enojo que invade tu cuerpo en ese momento. Tu sonrisa me puede. No hay nada que hacerle. Una mujer con una linda sonrisa es hermosa. Con vos en particular, no me puedo enojar. ¿Será por tu altura? ¿Será por tu sonrisa? ¿O será porque parecés inocente? Lo cierto es que, así y todo, me tenés en la palma de tu mano.
Sabés como llevarme de acá para allá. Es una pena que no quieras que nos veamos más seguido. Pienso que es porque sabés tan bien como yo que si nos vemos con cierta frecuencia (digamos… una vez por semana) no tardaríamos más de 6 semanas en “ser novios”, con todas las de la Ley. Y es una pena mayor aún que seamos “sólo amigos”, cuando en realidad no creo que seamos amigos amigos porque, por ejemplo, no nos contamos cosas íntimas. Me parece que somos dos personas inteligentes, que histeriquean hasta un punto casi empalagoso. Que somos dos personas, por sobre todas las cosas, muy inteligentes. Pero que los dos tenemos un enorme miedo de avanzar. De ver qué sería de nuestro mundo, si vos y yo salimos. Si vos y yo dejamos de ser “solamente amigos”, y me das una oportunidad de partirte esos labios impresionantemente lindos que tenés. Tan femeninos como la esencia de vainilla.




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