Las horas previas al encuentro

21 09 2009

Faltan 12 horas para que Pablo y Nadia se vean. Los dos acordaron, con ganas, volverse a ver. Hace año y medio que ninguno de los dos sabe absolutamente nada acerca de la vida del otro. Nadia es fría. Exterioriza una mayor frialdad para con Pablo, quien supo ser su buen amigo y compañero de la vida. Pablo, emocional, no puede evitar soltar una lágrima cuando corta la llamada telefónica que le confirmaría el encuentro con ella. Con la mujer que lo puede. Con esa “kriptonita” que cada Superman tiene. Ese Talón de Aquiles, capaz de bajarlo de ese pedestal en el que él cree estar, hasta que llega ella. Ahí lo baja y lo pone a la altura de cualquier otro mortal del planeta. A pesar de esas lágrimas de alegría por volver a saber algo sobre Nadia, Pablo está triste. Una gran tristeza lo invade.

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Aquella chica

25 05 2008

 

Hay una chica a la que le da vueltas por la cabeza la idea de cómo sería salir conmigo. Sí, sí… vos. Esa que veo de vez en cuando, no porque yo no quiera sino porque vos te me ponés esquiva. Esa que me mira con sus ojitos chiquitos, y me sigue el paso con la charla hablándome rápido y sin pausa. Esa que me hace reír muchísimo. Esa que también me hace pensar muchísimo. Que me deja meditando. Que me reta y no me gusta que lo haga. Pero que, a la vez, me encanta verla enojada. Porque se me vuelve tan única como una huella dactilar. Vos, que cuando me retás, no te puedo contestar más que con un chiste, para cortar ese clima de tensión y sacarte esa sonrisa hermosa que tenés aunque no quieras por el enojo que invade tu cuerpo en ese momento. Tu sonrisa me puede. No hay nada que hacerle. Una mujer con una linda sonrisa es hermosa. Con vos en particular, no me puedo enojar. ¿Será por tu altura? ¿Será por tu sonrisa? ¿O será porque parecés inocente? Lo cierto es que, así y todo, me tenés en la palma de tu mano.

            Sabés como llevarme de acá para allá. Es una pena que no quieras que nos veamos más seguido. Pienso que es porque sabés tan bien como yo que si nos vemos con cierta frecuencia (digamos… una vez por semana) no tardaríamos más de 6 semanas en “ser novios”, con todas las de la Ley. Y es una pena mayor aún que seamos “sólo amigos”, cuando en realidad no creo que seamos amigos amigos porque, por ejemplo, no nos contamos cosas íntimas. Me parece que somos dos personas inteligentes, que histeriquean hasta un punto casi empalagoso. Que somos dos personas, por sobre todas las cosas, muy inteligentes. Pero que los dos tenemos un enorme miedo de avanzar. De ver qué sería de nuestro mundo, si vos y yo salimos. Si vos y yo dejamos de ser “solamente amigos”, y me das una oportunidad de partirte esos labios impresionantemente lindos que tenés. Tan femeninos como la esencia de vainilla.

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El día que dije que no

28 03 2008

 

Nunca me pensé, nunca me imaginé diciendo que no. Pero ese día llegó. Ya en el filo de la medianoche, dije: “NO”. No a salir con “Sra. X”. Nunca me imaginé diciéndole que no. Ni a ella, ni a ninguna mujer en particular. Por mi condición de hombre heterosexual, por lo mucho que me gustan las mujeres. Nunca me lo imaginé. Ni en el tiempo que ella y yo éramos la envidia de todos nuestros conocidos, y hasta de los “vecinos” del telo, ni hasta hace unos días, cuando pensé que me iba a volver a encontrar con ella. Pero pasó. ¿Por qué? Difícil dar una respuesta concreta. Es probable que un par de personas que me conocen bien, si leen esto, firmen y puedan explicarlo mejor que yo. Abriendo un poco más la cancha, los que leen con cierta frecuencia lo que escribo, sabrán leer entre líneas, y sabrán dilucidar un poco mejor el nombre de la persona. O por lo menos, el por qué del nombre que le doy acá.  

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¿Cómo llegaron el Sol y la Luna al cielo?

13 02 2008


Hace muchos años, el Sol y la Luna vivían en la tierra. Eran una pareja muy feliz y no necesitaban de mucho para serlo. Cuando Dios los creó, los dejó juntitos, porque él veía como se querían. Su amor era muy fuerte como para separarlos. Pero…un día, Dios le dijo a la Luna que se tenía que separar del Sol. Ella tenía que estar alumbrando a esas almas de noche, mientras que el Sol, daba toda su energía de día. La Luna le contestó que no, que ella no se podía separar de su amor. Dios le contestó que las distancias no hacen perder el amor que uno siente por el otro. La Luna lloró, lloró y lloró, pasó días llorando. La tierra se iba cada vez más y más, mientras ella lloraba por su amor, inundándola. Su amor, el Sol, no sabía cuál era el motivo por el cual la bella Luna lloraba. La Luna no le quería decir nada, pues no quería ver a su amor estar mal, pero ella, lo único que podía hacer era vivir los últimos momentos junto a él, y…llorar. Fue así como tuvieron que subir cada vez más y más arriba, dado que todo se estaba inundando, ya que ella no paraba de llorar. Es así como llegaron, a un lugar bello, hermoso, llamado cielo. No sabían en donde estaban. Sólo lo apreciaban. Ella pensaba si ahí, se iban a separar como le había dicho Dios: “yo te voy a avisar cuando te tengas que separar, aprovecha, vive el presente, disfrútalo”. Es así, como de repente, apareció Dios, entre unas paredes que parecían de algodón, suaves, blancas, a las que llamaba nubes; diciéndole al Sol que se iba a tener que separar de su amor, el de día, ella de noche, “eso significa que no nos vamos a cruzar más, no la voy a ver nunca más”, dijo el Sol. “Sí, estás en lo cierto”, le respondió Dios. “No, no puedo, no voy a dejar a mi amor irse, se fueron muchas cosas de mi camino, las dejé ir, no las supe aprovechar. No voy a permitir que nos separes”, le contestó el Sol a Dios (en ese momento entendió el Sol por lo que lloraba la Luna). Dios le colocó un brillo a cada uno.
Ninguno pudo hacer nada para evitarlo. El Sol de día, la Luna de noche. Dos almas, dos corazones separados por el creador.
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