Cuando Hitler nació tuvo un tutor. No sé durante cuánto tiempo lo habrá tenido, ni si los registros históricos habrán tomado noticia de su existencia. Pero existió. Cuando Adolfito se portaba mal, su tutor se quitaba el cinto y le pegaba con el derecho y el revés de su poderosa e improvisada arma de legítimo cuero danés.
Todo empezó cuando el futuro Führer tenía apenas 5 años y sus padres, sumergidos en la pobreza, no podían cuidarlo. Entonces optaron por darlo en custodia a una familia vecina, dueña de una fortuna incomparable entre aquellos que compartían el vecindario. La familia tenía un tutor, que era el encargado de la educación de los más pequeños de la familia, que eran adoptados a cambio de mano de obra barata. Cuando recibió a Adolf en sus filas, enseguida notó que el infante en cuestión era un rebelde. Un mocoso que haría lo que sea para escaparse de su nuevo hogar. Lo notó cuando uno de los chicos se robó una barra de chocolate de la heladera de los hijos biológicos de la familia (a la que, obviamente, los huerfanos tenían prohibido el acercamiento) y Adolf lo “vendió” cuando el tutor los tenía a ellos dos y a los otros cinco niños adoptados formando una perfecta fila, al mejor estilo militar.




Las firmas