Sentados en esa cafetería en Recoleta. Qué sensación más rara. Vos, un café con leche; yo, un exprimido de naranja. Es la primera vez que siento fehacientemente como se me escurren entre los dedos las chances de salir con una mujer, en vivo y en directo. Sin mail. Sin msn. Sin nada de por medio salvo la mesa del Café Mónaco, en los Village Recoleta. Fue una sensación impresionante de impotencia, realmente. Porque sabía que te estaba perdiendo antes de tenerte, y no pude hacer nada. NADA. Es raro eso de “perderte sin tenerte”, porque pensaba que no se puede perder algo que no se tiene. Pero créanme que sí se puede.
Como un piloto que sigue de largo en una curva, y sabe que el choque contra el muro de contención es inevitable. Así fue como me sentía. Como ese equipo que sabe que es inevitable irse al descenso. Tan inevitable como que una fruta se marchite. Tan inevitable como que aparezca la celulitis en ese cuerpo que en la secundaria me dejaba sin aliento. O como que a mi gato le dé hambre cuando me ve comer a mí. Tan inevitable como todo eso junto.




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