La verdad que, viendo a Cecilia, algún desprevenido me podría haber comentado “lo buena mina que es”. Lo buena amiga o lo buena novia que ella es. Pero eso es lo que diría algún desprevenido. A mí, gracias a algún Santo protector que todavía se apiada de mi alma, eso no me pasa. Y Cecilia no me termina de “comprar” con esos ojos redondos como dos huevos fritos, y su boca gigante, capaz de tragar un melón de una sola mordida. No. A mi, eso no me pasa. Me pasarán muchas otras cosas. Pero ”comerme” una mentira de este tipo, no es una de ellas. La sonrisita falsa de ella no me la tragué. Nunca. Desde la primera foto que vi. Después, confirmé las sospechas. La primera vez que la vi pensé: “qué pinta de rápida que tiene está mina”. Pero como el nexo entre los dos no paraba de decirme todo lo contrario, supuse que debía estar equivocado. Que era una más de las tantas boludeces que pienso. Pero no. No sólo no estaba equivocado, sino que estaba tan en lo cierto que, cuando me enteré, no podía comprender cómo hacía su novio Bachi para pasar él, con sus cuernos, por la puerta. Bachi era un cornudo. Pero cornudo cornudo. Con todas las letras. Con todas las de la Ley. Con todas las del abecedario. Con todas. Pero TODAS.
Los cuernos de Bachi: Cecilia y su amigo contador (de vellos)
1 09 2008Comentarios : 2 Comentarios »
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De las noches con Virginia en un telo de Palermo
7 05 2008Me desperté a las 6 de la mañana. El aire frío que entraba por la ventana abierta, desde el 5º piso de aquel telo con vista al Campo Argentino de Polo, no me dejaba dormir. Eran los primeros días de Octubre. Y el frío se negaba a irse.
Virginia dormía desnuda, abrazada a mí. En términos estéticos, fue lo más cercano a la definición de ángel que tuve la oportunidad de ver y poseer entre mis brazos hasta ahora. Virginia no tenía frío, pero sí una forma de dormir bastante desprolija. De a ratos se ponía a balbucear nombres y situaciones. Hasta que encontraba mi cuerpo al lado suyo. Ahí se calmaba y se volvía a dormir cuando la abrazaba. Una frase que balbuceó varias noches fue: “Negri… te juro que no sé cómo pasó. Fue algo de una sola noche. Me tenés creer. Creeme… por favor… Jamás haría nada para lastimarte. Me tenés que perdonar… ¡por favor!”.
El “negri” al que Virginia hacía referencia era Hernán. Hernán era, por aquel entonces, su futuro marido. Hernán se enteró de aquella supuesta “única” noche cuando el traicionero e inestable sueño de Virginia le jugó una mala pasada. Y entonces habló. Y así Hernán se enteró que existía Nicolás.
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